Un corazón abnegado y compasivo
A propósito del Evangelio de hoy (Mateo 6,30-34), se me ha ocurrido esta
reflexión que ahora propongo. El Señor y
sus apóstoles deciden hacer un ‘day off’ para descansar un poco, ya que
casi siempre tenían tanto que hacer que no les quedaba tiempo ni para
comer. Jesús los anima a irse a un lugar
retirado. Pero la gente se les adelanta
y -sin quererlo- les arruina el día de descanso. Al ver esto, el Señor lejos de incomodarse
siente compasión de todas esas personas, porque estaban “como ovejas que no
tienen pastor”.
Contemplo el Corazón del Señor que está lleno de compasión y que está
habituado a la abnegación. Me gusta
pensar que todo esto lo aprendió en casa: José y María eran campeones de estas
virtudes. Me pongo a pensar en María,
madre abnegada. Y pienso en José, esposo
y padre compasivo.
La abnegación es una de esas sublimes virtudes que puede alcanzar el
alma humana que decide olvidarse un poco de sí misma para preocuparse de otro o
de otros y darse a ellos. La compasión
es una virtud que mueve a una persona a ponerse a sufrir con el que sufre. En
ambos casos, la práctica de estas virtudes implica salir de uno mismo, es una
expresión altísima de caridad auténtica.
Jesús respiró todo esto en casa, le era muy natural. Y resultó ser un
excelente alumno.
Pensando en la abnegación y en la compasión hechas carne, me viene al
corazón el considerar que soy hijo de una mujer que tuvo la honrosa profesión
de ser Ama de casa. Mi madre dedicó su
vida entera a sacarnos adelante a mi hermana y a mí. Y no es que ella hubiese
carecido de habilidades o de dones humanos. Los ha tenido siempre, y los suyos
son esos dones que no se alcanzan ni se podrán alcanzar jamás en las
universidades, ni vendrán adosados a un título profesional: abnegación,
compasión, ternura, cariño, firmeza, fe, fortaleza, caridad, paciencia,
esperanza. Soy hijo de una Ama de casa.
Mi madre se olvidó de sí misma y se gastó por nosotros. Hoy la veo ya muy
anciana, como una humilde vela que va terminando de darlo todo consumiéndose a
sí misma. No sé si habré sido un buen
alumno suyo, creo que me falta mucho.
Y pienso que estas dos virtudes, la abnegación y la compasión, se forjan
gracias a ejemplos vivos e irrefutables.
Y me pregunto qué habrá pasado en nuestro mundo, qué cosa tan mala debe
haberse puesto en las mentes de muchos, a tal punto que ya muy pocas mujeres piensan
-por ejemplo- encontrar su realización personal en dar, en gastar la vida, por
otros: sus hijos, su cónyuge, su Dios, su patria.
Pertenezco a una generación de personas que en su gran mayoría tenían permanentemente
en casa un soporte fundamental e insustituible: la mamá. Ella era el alma de la
familia, la conciencia moral, el cable a tierra y la conexión directa con el
cielo. Pienso que los de mi generación
tenemos fortaleza porque la aprendimos al lado de la mamá en casa. No voy a entrar en debates sobre el trabajo y
la realización profesional de las mujeres que son madres. Eso lo vea cada quien. A los hechos me
remito: nosotros teníamos a la mamá en casa y nuestras familias eran más
estables y duraban más.
Me parece que las mujeres que dedicaron sus vidas a ser soporte
emocional, espiritual y afectivo para sus familias -las amas de casa- deberían
ser condecoradas y galardonadas por su valentía, por su amor hecho de gestos
concretos y palpables, por la demostración irrefutable de que los corazones más
generosos y nobles son los que tienen el coraje de posponerse a sí mismos para
dar vida a otros, a muchos. Mi madre fue
Ama de casa, y ahora se prepara humildemente a la eternidad. Ella se fraguó entre lágrimas y sufrimiento,
entre risas y ocurrencias, entre gozos y esperanzas, entre rezos y
silencios. Y cuando la miro veo una
generación entera -¿y más?- de mujeres que se dedicaron con empeño, con
perseverancia y paciencia a brindar alma a sus hijos. Sí, seguramente no tuvieron títulos
profesionales ni tuvieron tanto dinero, ni viajes, ni joyas, ni fueron
‘tendencia’. En aquellos tiempos era lo
normal dar la vida, abnegarse y ser compasivo.
Nunca vi a mi madre renegando o refunfuñando sobre su humilde vocación,
jamás. Pero al final de cada jornada todos, profesionales, estudiantes,
‘hombres y mujeres de mundo’, todos sabíamos que llegando a su lado volvíamos a
ser más humanos, más nosotros mismos.
Ella era siempre el centro del calor, de la ternura, del amor que acoge,
que nos hace mejores, que nos vuelve a nuestro nivel original.
Pertenezco a una generación en la que hasta en las familias más pobres
se recibía a los nuevos hijos con mucha alegría. Las familias numerosas eran lo corriente, aún
cuando la comida era poca. Vi muchas
veces con emoción cómo las familias pobres compartían su pan con gente más
pobre que ellos y sin preocuparse mucho por el mañana. Puedo decir que conozco de cerca la
abnegación y la compasión de los pobres por otros que sufren más que
ellos. Y esas virtudes se respiraban en
cada familia -por más pobre que fuese- gracias a la influencia benéfica de una
mamá que permanecía en casa.
¿Qué habrá pasado en nuestro mundo? Ahora son muy pocos los que se
atreven a posponerse, a abnegarse. Los
varones y mujeres actuales saben mucho, muchísimo más, que nosotros en nuestros
tiempos de juventud. Todos quieren
aprender el inglés y tres idiomas más, pero muy pocos quieren saber el lenguaje
de los santos: la abnegación y la compasión.
¿Será que se ha amplificado a niveles planetarios aquel desgraciado mal
que ya San Pablo indicaba en el sentido de que “cada uno busca su propio
interés” (Filp 2,21)? Para estar a tono
con aquello voy a pensar ahora interesadamente: ¿Qué será de mí cuando sea
viejo? Porque si hoy veo que las nuevas generaciones tienen más compasión por
un delfín herido que por un niño en el vientre de su madre o más compasión por
una foca bebé que por un viejito que vive solo, me pregunto: ¿qué harán conmigo
cuando -ya muy anciano- necesite de alguien para seguir viviendo? Porque seguramente necesitaré que alguien
tenga compasión de mí, y que al menos una persona decida abnegarse para cuidar
de mí. Pero bueno, mi vida la he
confiado al Señor, Él sabrá, Él proveerá.
Desde hace algún tiempo hay un versículo que voy meditando en mi
interior, aquel de Mt 24,12: “Y debido al aumento de la iniquidad, el amor de
muchos se enfriará”. Lo que voy viendo
es que esta dramática verdad está creciendo, que la caridad se extingue allí
donde cada uno piensa sólo en sí mismo.
La caridad se extingue cuando no es alimentada con la abnegación, y por
eso mismo no puede producir la compasión.
Yo pienso que la caridad se está marchitando cada vez más. Veo generaciones enteras de jóvenes y
adolescentes que tienen mucho conocimiento científico y manejan con destreza la
técnica actual, pero al mismo tiempo no saben ni les interesa hacerse cargo de
nadie. Pero cuando la técnica y la
ciencia crecen desmedidamente y sin caridad, se convierten también en genocidas. El adelanto científico y técnico que se
divorcia del cultivo del alma y que olvida la caridad, se convierte en
mentiroso y asesino.
Al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor. Sólo eso bastará. Y no hablamos -queda claro- de un sentimiento
pasajero o de una emoción dulzona, sino de una actitud concreta de dar y darse
hasta olvidarse de sí mismo. Nos
conviene aquilatar el alma en abnegación y compasión.
Y pido al Señor la gracia de vivir y morir intentando ser como todos
aquellos que se gastaron por mí, y ojalá pueda vivir y morir intentando ser
parecido a Jesucristo, Dios compasivo, abnegado y misericordioso.
Comentarios
Publicar un comentario