Un 4 de enero a las 16 hrs.

 

Un día como hoy, 4 de enero, hace treintaicinco años ingresaba en vida religiosa.  Recuerdo muy bien la emoción de ese día.  No quería ‘hacer mucho ruido’, pero de pronto vi que varios familiares y amigos aparecieron en la puerta del convento, y aunque me sentí un poco perdido en medio de ese pequeño tumulto, el hermano asistente me salvó, e hizo que ingresase pronto sin mucho preámbulo ni largas despedidas.  Mi ‘entrada’ fue el comentario y la anécdota de varias semanas en aquel verano de pre seminario.

A la mañana siguiente perdí el sueño mucho antes de que tocase la campana de despertar.  De pronto me asaltó una tentación: extrañar a mi familia.  Fue como recibir de pronto una fría cachetada que pretendía devolverme a la realidad.  “Ellos son extraños, no son de los tuyos”.  “¿Cómo podrás vivir lejos de tu familia?”  “Ellos no te van a querer tanto como sí te quiere tu familia”.  “Estás siendo un mal hijo”.  Estoy seguro de que gracias a la oración de alguien -o de varios-, pude reaccionar pronto y se me puso fuerte en el corazón pedir de inmediato a San José la gracia de no extrañar a mi familia.  Yo me comprometía -a cambio-, a darme por entero a mi vocación religiosa.  Me dolió la cachetada, pero traté de rehacerme de inmediato.  Confié a San José mi petición y allí lo dejé. 

Pasados los días, decidido ya a entregarme por entero a lo que tenía por delante, sentí una gran alegría.  Me metí lo mejor que pude en la oración, en la fraternidad, en el trabajo, en los cursos.  De pronto me di cuenta de una cosa muy curiosa: casi había olvidado a mi familia.  Los había confiado completamente a Dios por manos de San José y allí los dejé, no me preocupé más.  Y aunque luego de unas semanas sufrí un pequeño accidente al jugar fútbol, mi decisión era firme.  San José cumplió su palabra y yo la mía.

Han pasado treintaicinco años desde aquel inicio y no me arrepiento de haber tomado la decisión que tomé.  Sé muy bien que desde aquel 1990 hasta hoy las cosas han cambiado mucho en varios sentidos, pero no deja de asombrarme el hecho de que no haya muchos varones y mujeres que tengan el valor de dejar lo anterior (la familia, los estudios, el trabajo, los proyectos, las ilusiones) para embarcarse e irse detrás de Jesucristo para seguir una consagración total a Él.  Veo mucho miedo en las jóvenes generaciones actuales.  Existe mucho miedo a darse por entero a algo, a alguien.  Las entregas totales hoy más que nunca no están de moda, hasta las instituciones fundadas en esas entregas absolutas (el matrimonio, la familia, la Iglesia) hoy se ven amenazadas en su existencia puesto que pocos se atreven seriamente a esas entregas absolutas.  Y me parece horroroso el miedo que hoy se tiene a ser absoluto en el amor, en la donación, en el servicio, en la fe.  Quizá vayamos camino a convertirnos en una suerte de civilización mosca, es decir, en la civilización que sólo posee una memoria de cortísimo alcance, una civilización de inteligencia fugaz, una generación que sólo posee una voluntad dominada por el sentimiento o la emoción del instante.

En mis tiempos de muchacho había en el ambiente un no sé qué de fascinación por los grandes ideales y sueños.  Hoy no observo lo mismo en los jóvenes actuales.  En principio, seguramente los jóvenes actuales se preguntarán ¿qué significa ideal? ¿a qué sueño te refieres?

Pero aún así, yo tengo esperanza.  Yo confío en que haya personas, varones y mujeres, que quieran marcar la diferencia a favor del Reino de Jesucristo.  Quizá no sean muchos, pero sé que los hay, los estoy buscando, los estoy esperando.

No creo ser un héroe por haber decidido y por haber seguido lo que es hoy mi vida.  Creo que la vida se dignifica en tanto que se convierte en entrega y servicio a favor de un ideal noble.  Pero cuando la vida se reduce a vivir experiencias o emociones de algunos minutos, entonces también se devalúa y se hace hueca, sinsentido.  Por ello pienso que la “generación tiktok” es lamentable, pues se condena a reducir su memoria, su inteligencia y su voluntad a una función de muy poca duración.  Pero hay algo dentro del alma humana que siempre nos hará mirar ‘más allá’, que no nos dejará tranquilos, que nos obligará a cuestionarnos, que será como un aguijón ante la superficialidad o la volatilidad de las cosas.

Hoy, a treintaicinco años de mi ingreso en vida consagrada, veo que el tiempo se hizo nada, que mi juventud entregada al Señor no fue un desperdicio, y que si hoy el Señor me ofrece veinte vidas más, igual las consagraría a su divino servicio.

Soy un varón consagrado que cree en los libros de más de cien páginas, un tipo que es capaz de escuchar conferencias y charlas de más de una hora, un hombre capaz de quedarse en silencio por un mes -mejor todavía si la motivación es para encontrarse más y mejor con Dios.  Me gusta el rock en tiempos de reguetón.  No soy hincha de ninguno de los dos más populares equipos de futbol, me gustan muchas canciones que nunca se tocarán en las radios y que muchas veces no estarán tampoco en las plataformas de música.  Me gusta la carne y las hamburguesas, el chancho con toda su grasa, y soy capaz también de comer carne en presencia de veganos.  Pero por encima de todo lo anterior, me gusta la oración profunda y silenciosa, la liturgia solemne y bien realizada, creo en la santidad y en la efectividad de la oración.  Creo firmemente que la Presencia de Jesucristo en el sagrario si convierte a las personas.  Creo que los jóvenes católicos necesitan una pastoral profunda y seria, basada en la oración y en la dirección espiritual.  Creo firmemente en todo lo que puede lograr un sacerdote cuando se sienta diariamente a confesar y a dirigir espiritualmente a sus fieles.  Creo en los retiros espirituales de silencio y soledad con Dios.  Creo en la fuerza renovadora de Jesucristo cuando es adorado y contemplado en el Santísimo Sacramento del Altar.

Y por todo lo dicho, creo que sí hay varones y mujeres capaces de marcar la diferencia a favor de Jesucristo, creo que sí es posible decidir en libertad y no dejarse atar por ‘tendencias’ fabricadas artificialmente.

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